La firma que debes vestir si quieres ganar el Grammy a mejor álbum del año

La coincidencia entre los últimos ganadores del Grammy a Mejor Álbum y su elección de Schiaparelli abre una lectura sobre cómo imagen, autoría y prestigio se entrelazan en la música actual

66th GRAMMY Awards - Arrivals

La firma que debes vestir si quieres ganar el Grammy a mejor álbum del año

Lionel Hahn/Getty Images

En los últimos tres años, el Grammy a Mejor Álbum ha estado acompañado por una coincidencia que ya no pasa desapercibida. No ocurre en el sonido ni en el discurso de aceptación, sino en la imagen: quienes han subido al escenario para recibir el premio más codiciado de la noche lo han hecho vistiendo Schiaparelli. No como gesto aislado, sino como una secuencia que empieza a construir sentido.

En 2024, Taylor Swift ganó el Grammy a Mejor Álbum por Midnights. En 2025, Beyoncé fue reconocida por Cowboy Carter y en 2026, Bad Bunny cerró el ciclo con DeBÍ TiRAR MáS FOToS. Tres artistas distintos, tres universos musicales propios y una misma casa de moda acompañando el momento de consagración.
Hablar de mito no implica atribuir causalidad al vestuario, sino reconocer cómo ciertos símbolos se repiten cuando una narrativa cultural se consolida.

Schiaparelli no es una firma asociada al uso masivo ni a la alfombra roja como desfile constante. Su lenguaje se apoya en la construcción, en el gesto conceptual y en piezas pensadas para leerse como objetos, no como tendencias. Que tres ganadores consecutivos hayan elegido esta casa para una noche clave dice más del tipo de prestigio que hoy se valora que de una simple preferencia estética.

En los tres casos, la elección de Schiaparelli funcionó como extensión del proyecto musical premiado. Midnights fue un álbum de introspección y control narrativo, Cowboy Carter, una relectura estructurada de la tradición y DeBÍ TiRAR MáS FOToS, una obra que dialoga con identidad, memoria y autoría. Ninguno de estos trabajos apostó por la fórmula inmediata. Todos exigieron lectura, contexto y tiempo. Esa misma lógica atraviesa el diseño de la maison parisina.

Lo relevante no es que Schiaparelli dé suerte, sino que se haya convertido en el marco visual de una idea específica de éxito que se construye desde la autoría. En una industria donde el reconocimiento suele confundirse con visibilidad constante, esta secuencia sugiere otra cosa. El Grammy a Mejor Álbum no solo está premiando impacto, sino coherencia, riesgo calculado y una visión clara de obra completa.

También hay un cambio en cómo los artistas entienden la ceremonia. Vestirse para recibir un premio ya no se trata solo de verse bien en cámara, sino de reforzar un posicionamiento. Taylor Swift, Beyoncé y Bad Bunny no llegaron a ese escenario como intérpretes del momento, sino como arquitectos de un cuerpo de trabajo. Schiaparelli, con su énfasis en estructura y significado, encaja con esa lectura.

Así se construyen los mitos contemporáneos: tres años, tres álbumes y una misma casa. No es una regla escrita, pero sí una narrativa que empieza a tomar forma en el imaginario cultural de los Grammy.

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