Hay un tipo de oro que se distingue a primera vista. Es el que llega con historia y con nombre, el que en algún momento fue suelo, roca y trabajo artesanal antes de convertirse en el arco de un anillo o en la cadena que descansa en nuestro cuello. Las hermanas Valery y Kiara Salazar lo conocen de memoria, pues crecieron rodeadas de él.
Perú es uno de los mayores productores de oro del mundo, y la región donde se criaron las hermanas Salazar no es ajena a esa realidad. El oro estaba en el paisaje, en la conversación de los adultos, en las contradicciones que rodean a cualquier material que el mundo desea y que alguien, en algún lugar, tiene que extraer. Desde muy temprano entendieron que era un recurso cargado de historia, valor y también de preguntas incómodas.
Esa comprensión no las alejó del material; las marcó con él. Y cuando decidieron crear Yanantin —su propia marca de joyería fina—, lo hicieron con una condición innegociable: trabajar solo con oro de certificación Fairmined, con una trazabilidad real de origen y no una promesa de marketing, y con diamantes cultivados en laboratorio con energía cien por ciento renovable.
¿Cómo fue pasar de ser testigos de la extracción a convertirse en creadoras que transforman ese mismo material en algo que las enorgullece?
Crecimos en una de las regiones mineras de oro más grandes del mundo, así que el oro siempre estuvo presente en nuestro entorno, no solo físicamente, sino también a través de las conversaciones y realidades complejas que existen alrededor de su extracción. Desde muy temprano entendimos que era un material cargado de historia, valor y también contradicciones.
Con Yanantin, quisimos reimaginar la joyería desde otro lugar: como algo que una lleva con orgullo, no solo por su belleza, sino también por lo que representa. Por eso elegimos trabajar con materiales sostenibles, como el oro con certificación Fairmined, buscando transformar esa relación con la materia en una más responsable, honesta y alineada con nuestros valores. Para nosotras, se trata de crear piezas que no solo sean bellas, sino que también permitan contar una historia distinta, una historia de conciencia, respeto y orgullo.
Yanantin es una palabra quechua. Designa la armonía que surge cuando dos fuerzas opuestas se encuentran y, en lugar de confrontarse, generan algo nuevo. Es la tensión productiva entre dos cosas que se necesitan. Las hermanas Salazar encontraron en esa idea la forma perfecta de describir lo que habían construido sin darse cuenta, durante años de vida separada y reencuentros en distintos continentes.
La marca nació en Lima en 2025, después de que ambas pasaran casi una década viviendo fuera de Perú —en seis países distintos entre las dos—, acumulando perspectivas, distancia y un tipo de claridad que solo da el estar lejos de casa. Kiara viene del mundo del arte contemporáneo; Valery, del marketing y la investigación de mercado. Juntas son exactamente esa dualidad: una piensa en clave de narrativa y símbolo, la otra traduce esa visión al mundo real sin que pierda profundidad. “Kiara propone desde lo emocional y simbólico, mientras que Valery aterriza esas ideas en algo viable —explica Kiara—. Para nosotras, es un equilibrio necesario. Siempre conversamos, cuestionamos y decidimos juntas qué es lo mejor. Es justamente ese diálogo lo que le da sentido y profundidad a Yanantin.”
El atelier de Yanantin no está en Lima. Está a 3.000 metros de altura en los Andes. Producir alta joyería allí es una decisión que implica otro ritmo, otra relación con el material, y una cadena de personas cuyo conocimiento no se aprende en ninguna escuela de diseño.
Su atelier está a 3.000 metros de altura en los Andes. ¿Qué implica producir alta joyería en esas condiciones — y qué le aporta al proceso que un taller convencional no podría?
Producir alta joyería en los Andes implica trabajar en un contexto profundamente conectado con el origen de la materia. Nuestro atelier no está separado del territorio, todo lo contrario: está inmerso en un lugar marcado por una de las principales regiones auríferas del mundo, y eso crea una relación mucho más directa y consciente con el oro y con lo que representa.
También implica trabajar desde otro ritmo. Los joyeros con los que trabajamos tienen un conocimiento artesanal muy profundo, construido desde su experiencia y cercanía con el material. Hay una atención al detalle, paciencia y sensibilidad que difícilmente podrían replicarse en un taller convencional más industrial o desvinculado de ese contexto.
Para nosotras, lo que este entorno aporta al proceso es precisamente esa conexión humana y territorial: cada pieza nace en un lugar con memoria, historia y relación real con la materia. Eso le da a Yanantin una autenticidad que va más allá de la técnica; le da alma al proceso y a cada pieza.
Cada pieza de Yanantin se fabrica bajo pedido. No hay stock acumulado ni producción anticipada de temporada. Hay un encargo, una conversación implícita entre quien pide y quienes hacen, y después un tiempo de espera que las fundadoras no ven como un inconveniente sino como parte esencial del objeto. “Una pieza hecha especialmente para ti tiene un valor emocional distinto: deja de ser algo inmediato o intercambiable y se convierte en algo profundamente personal —afirma Valery—. Hay una anticipación e historia que se va construyendo desde el inicio.”
“Una relación diferente con el lujo.” ¿Qué significa eso en la práctica, más allá de los materiales?
Para nosotras, tener una relación diferente con el lujo significa entenderlo como algo mucho más profundo que la exclusividad o el precio. Tiene que ver con la intención, con el origen de los materiales, con el tiempo que toma hacer una pieza y con la historia que esa pieza lleva consigo. En Yanantin, el lujo está en la conexión: en saber quién hizo lo que llevas, de dónde viene, y qué valores representa. También está en crear con cuidado, en producir de manera consciente y en elegir materiales que estén en sintonía con una visión más responsable.
Más que buscar impresionar, nos interesa crear piezas con significado, que se sientan personales, atemporales y honestas. Piezas pensadas para perdurar y ser heredadas de una generación a otra. Para nosotras, ese es el verdadero lujo.
La oferta de Yanantin se articula en dos colecciones. La primera, Classics, reúne cinco piezas en oro blanco o amarillo de 18 kilates: el Collar Solitario Redondo, el Collar Solitario Pera, los Aros Stud, los Aros Colgantes y el Anillo Media Eternidad. Son piezas que no piden nada al contexto, que funcionan solas o en conjunto, con la discreción de los objetos que confían en su propia calidad.
La segunda colección, Khipu, es donde la genealogía cultural de la marca se vuelve visible sin volverse literal. El khipu fue el sistema de registro del mundo andino precolombino: cuerdas anudadas en las que se codificaba información —censos, historias, cuentas— con una sofisticación que los investigadores todavía están aprendiendo a descifrar. Valery y Kiara no lo tomaron como motivo decorativo.
La colección Khipu se inspira en un sistema ancestral de registro a través de nudos. ¿Cómo fue el proceso de traducir un símbolo tan cargado de historia en un lenguaje de joyería contemporánea sin caer en lo folclórico?
Fue un proceso de mucha investigación. Más que reproducir el khipu de forma literal, quisimos acercarnos a su significado: los nudos como portadores de memoria, conexión y conocimiento. Nos inspiramos especialmente en el khipu que representa el número 2, porque encontramos en él un símbolo de unión que resonaba de manera natural con Yanantin y con nuestra visión de la complementariedad. Desde ahí, el reto fue traducir esa carga simbólica a un lenguaje contemporáneo, sutil y atemporal. No queríamos usar el khipu como una referencia decorativa, sino reinterpretarlo de una manera significativa y fiel a lo que representa.
En América Latina, la joyería fina ha operado durante décadas bajo una lógica de volumen y tradición heredada, donde los cambios son lentos y las preguntas sobre procedencia pocas veces bienvenidas. Valery y Kiara no entraron al sector para corregirlo desde adentro; entraron porque no encontraban en él lo que buscaban. “No encontrábamos una marca con la que realmente nos sintiéramos identificadas —dice Valery—, y eso también tiene que ver con que pertenecemos a una generación que busca algo diferente: más procedencia, más trazabilidad y una relación más consciente con lo que decide llevar.”
La apuesta por los diamantes de laboratorio —producidos con energía renovable, ópticamente idénticos a los extraídos, significativamente más trazables— no es en Yanantin una concesión ni una alternativa
secundaria. Es una postura. “Más que seguir un camino ya trazado, sentimos que estamos ayudando a abrir uno nuevo”, dice Kiara. En un mercado donde esa opción es todavía marginal, la afirmación tiene algo de acto fundacional.
Han vivido en seis países en la última década. ¿Cómo influyó esa distancia geográfica en la manera en que reconectaron con sus raíces peruanas?
Vivir fuera de Perú cambió por completo nuestra perspectiva. Esa distancia nos hizo valorar mucho más nuestras raíces y mirar nuestro origen con una nueva claridad. Perú es un país inmensamente rico en cultura, historia y paisajes, y después de casi diez años fuera sentimos una necesidad muy fuerte de reconectar con todo eso, pero también de compartirlo con el mundo desde una mirada contemporánea. Siempre decimos que Yanantin es, en muchos sentidos, una forma de volver a nuestros orígenes: una manera de reencontrarnos con lo que somos, de resignificarlo y de llevarlo al presente desde nuestra propia visión.
Cuando Valery y Kiara hablan del proceso de construcción de la marca —dos años de trabajo antes del lanzamiento, visitas a cada uno de sus proveedores, una cadena de producción en la que conocen el nombre de cada persona involucrada— no suena al relato de fundadoras que buscan legitimarse. Suena a algo más sencillo y más antiguo: al orgullo tranquilo de quien sabe exactamente de dónde viene lo que hace. En los Andes, a 3.000 metros de altura, las manos de un joyero doblan el oro de 18 kilates sobre sí mismo con la paciencia de quien entiende que ciertas cosas no pueden ser apresuradas. Esa pieza, cuando llegue, llevará consigo todo ese tiempo. No como un peso, sino como una forma de brillo.
Yanantin opera bajo un modelo de venta directo y exclusivamente digital, a través de yanantinjewelry.com. Los precios parten de los 800 euros. Sin intermediarios, sin boutiques. Una página web, una cuenta de Instagram —@yanantinjewelry— y la decisión deliberada de existir solo donde pueden controlar cada detalle de la experiencia.
Créditos: Fotos de campaña:
Fotografía: Alexander Pérez-Flores (@alexanderdiary)
Art Direction & Styling: Lisseli Santos (@lisselisantos)
Hair & Make up: Micaela Linares (@micalinares.makeup)
Modelos: Lucya Castro (@castrolucya_), Sofia Soriano (@sofiasoriano.p), Lily Romanov (@lily.romanov_wechsler)