En un sistema de moda obsesionado con la novedad, la juventud y la viralidad inmediata, Simon Porte Jacquemus vuelve a tomar una decisión que rompe con cualquier expectativa prefabricada. El fundador y director creativo de Jacquemus presentó a Liline Jacquemus, una mujer de 85 años, como la primera embajadora oficial de la maison. El gesto no es anecdótico ni provocador, es profundamente coherente con la historia emocional que ha definido a la marca desde su origen.
Simon Porte nunca ha entendido Jacquemus como una casa construida desde el artificio. Su narrativa creativa ha estado marcada por la intimidad, la memoria y los vínculos personales. Desde sus primeras colecciones, el diseñador convirtió su vida —su infancia en el sur de Francia, la figura materna, los recuerdos familiares— en un lenguaje estético que hoy es reconocible en todo el mundo. En ese contexto, la elección de Liline Jacquemus no representa una ruptura, sino una continuidad.
Liline Jacquemus no es una celebridad ni una figura ajena al universo del diseñador. Su presencia encarna una idea de elegancia que no depende de la edad ni de la validación externa. Al convertirla en embajadora, Jacquemus desplaza el foco habitual del lujo que ya no se trata de aspirar a un ideal inalcanzable, sino de reivindicar la belleza que existe en la experiencia, el tiempo y la autenticidad.
Este nombramiento adquiere un peso simbólico particular dentro de la industria. Durante décadas, las casas de moda han utilizado la figura de la embajadora como una herramienta aspiracional ligada casi exclusivamente a la juventud. Jacquemus subvierte ese código sin necesidad de discursos grandilocuentes. Basta una imagen, una historia real y una mujer que no necesita representar nada más que a sí misma.
Desde una perspectiva creativa, la decisión también refuerza la identidad de la maison. Jacquemus ha crecido sin adoptar los rituales tradicionales del lujo corporativo: no ha construido su relevancia a partir de embajadores globales, sino de relaciones genuinas con personas que forman parte de su universo emocional. Liline Jacquemus se inscribe en esa lógica, elevando lo cotidiano a un plano simbólico.
El impacto del anuncio no reside únicamente en la edad de la embajadora, sino en lo que comunica sobre el presente de la moda. En un momento donde la conversación sobre representación comienza a ampliarse, Jacquemus propone una narrativa distinta: el lujo no tiene por qué excluir, ni imponer una sola forma de belleza. Puede ser íntimo, humano y profundamente honesto.
Con esta elección, Simon Porte Jacquemus confirma que su fuerza creativa no está en anticipar tendencias, sino en recordar lo esencial. Liline Jacquemus no es un gesto de marketing ni una estrategia calculada: es una declaración silenciosa que redefine quién puede ocupar el centro del lujo contemporáneo.