Por Georgina Villa
Las mujeres, el mar, los monstruos y el bosque. Cuando Floria González y Napoleón Habeica Habeica comenzaron a conversar sobre la posibilidad de trabajar juntos, descubrieron que muchas de las imágenes que aparecían recurrentemente en sus respectivas prácticas parecían formar parte de un mismo imaginario.
Entre ellas apareció Mélusine, el personaje mitológico parecido a una sirena de dos colas quien terminó convirtiéndose en una de sus musas. Floria comenzó a trabajar en una pintura en la que Mélusine aparece en medio de una tempestad; y casi al mismo tiempo, Napoleón desarrollaba una instalación alrededor de una canoa negra.
Y en algún momento por ahí nació Souvenirs, la exposición que reúne a los dos artistas mexicanos en la nueva sede de El Cuarto de Máquinas, en La Privada Roja, en la colonia San Rafael de la Ciudad de México.
La muestra se fue construyendo durante meses de divertidas pláticas. Hablaron de películas, directores y música; intercambiaron literatura y mitologías de distintas culturas y revisitaron imágenes de diferentes momentos de la historia del arte. Pero también hablaron, simplemente, de las obsesiones que ambos llevan tiempo explorando. Lo femenino y lo masculino, la sexualidad, el deseo, la catarsis y la memoria fueron apareciendo de manera natural.
“Mi primer instinto fue quemar en mi pintura una fotografía de un coche de Napoleón”, recuerda González. “Siempre he admirado su trabajo y me ha intrigado cómo construye historias en los lugares que encuentra. Parecen escenas de una película, donde el misterio, la fantasía y lo onírico aparecen de una forma muy natural. Yo, por otro lado, dentro de la fotografía y el video construía un set completo para contar una historia. Fueron meses de diálogo y de trabajar juntos en ideas”.
Esa diferencia resulta fundamental para entender el encuentro. González trabaja desde las posibilidades de construir una realidad que no necesariamente obedece las reglas de la nuestra. Su práctica atraviesa fotografía, videoarte, pintura, escultura e instalación, medios desde los cuales explora la condición humana y las fronteras entre memoria, fantasía y realidad.
En su pintura, lo reconocible puede transformarse con facilidad en otra cosa. Un barco, una mujer, un animal o un paisaje mantienen suficiente familiaridad para permitirnos entrar en la escena, pero algo en el color, la atmósfera o aquello que está sucediendo dentro del lienzo introduce una sensación de extrañeza. González parece interesada precisamente en esa posibilidad: desdibujar aquello que aceptamos como real y sugerir que una misma imagen puede contener varias realidades al mismo tiempo.
El mar ocupa un lugar importante en este nuevo cuerpo de obra. En Melusine, de 2026, una embarcación queda atrapada entre enormes olas; en Black Water, una pequeña vela emerge entre aguas oscuras; mientras que otras pinturas introducen faros, incendios, animales y figuras que parecen aparecer y desaparecer dentro del paisaje. Son escenas abiertas: nos dan algunas pistas pero rara vez una respuesta definitiva.
El punto de partida de Habeica es distinto.
“Me parece que la principal diferencia entre el trabajo de Floria y el mío es que ella, con sus pinturas, no tiene límites y logra ir a donde quiera”, explica. “En cambio yo, cuando solo me adentro en la fotografía, termino limitándome a documentar lo que veo y lo que me pasa. Pero en esta exposición, trabajar con pintura, escultura, videos e instalaciones resultó muy liberador y divertido”.
Fotógrafo y artista visual, Habeica ha desarrollado una trayectoria que se mueve entre el arte contemporáneo, la fotografía documental y la moda. La intimidad, la juventud, la contracultura y las situaciones cotidianas han sido algunos de los territorios recurrentes de una práctica en la que la fotografía analógica ocupa un lugar central. En años recientes, sin embargo, su producción ha comenzado a desplazarse hacia el objeto y la escultura.
Souvenirs le permite llevar ese desplazamiento todavía más lejos. Para la exposición, buscó incluso retirar deliberadamente “un poco la estética del camino”: dejar de privilegiar la apariencia de la imagen para concentrarse en aquello que quiere contar y evitar que lo puramente visual se convierta en una distracción.
Ese gesto resulta especialmente interesante viniendo de alguien cuya carrera ha estado tan vinculada a la producción de imágenes. Aquí, la fotografía deja de ser necesariamente el destino final y se convierte en uno más de los materiales disponibles.
La exposición se despliega así a través de pintura, fotografía, video, escultura, instalación y textiles. Entre las obras de Habeica aparece también Melusine 00, una pieza realizada en estambre y tela de algodón que recupera nuevamente la criatura que había aparecido durante las primeras conversaciones entre los artistas.
Sin embargo, más que intentar borrar las diferencias entre sus lenguajes, Souvenirs parece aprovecharlas. González puede construir desde cero aquello que necesita para una imagen; Habeica suele comenzar por aquello que encuentra frente a él. Una inventa mundos para después fotografiarlos o pintarlos; el otro encuentra fragmentos de realidad que, al pasar por su mirada, pueden adquirir una cualidad casi cinematográfica.
Y en algún punto entre ambos procedimientos aparece un territorio común.
La memoria atraviesa ese encuentro, pero no necesariamente como reconstrucción fiel del pasado. Para Floria y Napoleón, los recuerdos personales conviven con ficciones, imágenes heredadas y mitologías que han sobrevivido durante siglos. Al pasar por sus respectivos filtros, las referencias originales se deforman, se mezclan y terminan dando lugar a historias nuevas.
Quizá la traducción más literal de esa idea aparece al final del recorrido. La última habitación de la exposición reúne piezas en escalas y formatos diferentes y fue pensada por los artistas con el espíritu de una tienda de souvenirs: un espacio donde, después de atravesar el universo de la exposición, todavía es posible encontrarse con pequeños fragmentos de él.
Entre ellos, González presenta una serie de pinturas diminutas tituladas Souvenir. Algunas miden apenas ocho por ocho centímetros; otras, nueve o diez. En ellas aparecen una sirena, una lámpara, fuego, un teléfono o una figura perdida en el agua.
Son pequeñas imágenes de algo que parece haber sucedido en otra parte. Y quizá ahí se encuentre una de las ideas más seductoras de Souvenirs: lo que guardamos de una historia nunca es la historia completa, sino los fragmentos que elegimos llevar con nosotros.
Souvenirs, de Floria González y Napoleón Habeica, está abierta hasta el 6 de noviembre de 2026 en El Cuarto de Máquinas – La Privada Roja, Serapio Rendón 61, Col. San Rafael, Ciudad de México. Galería Hilario Galguera