Yayoi Kusama murió el 14 de agosto de 2026, a los 97 años, pero su obra ya había dejado una huella particular en la Ciudad de México más de una década antes. En 2014, el Museo Tamayo presentó Obsesión infinita, la primera retrospectiva de la artista japonesa en América Latina, y lo que comenzó como una exposición de arte contemporáneo terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos culturales más concurridos que había vivido el recinto.
La exposición que trajo a Yayoi Kusama a México
Yayoi Kusama. Obsesión infinita abrió sus puertas en el Museo Tamayo en septiembre de 2014 y permaneció hasta el 18 de enero de 2015. La muestra reunía más de 100 obras realizadas entre 1950 y 2013, con pinturas, trabajos sobre papel, esculturas, videos, registros de performances e instalaciones.
La exposición trazaba un recorrido por distintas etapas de la trayectoria de Yayoi Kusama, desde sus primeras pinturas y la serie Infinity Net hasta las obras inmersivas que comenzarían a definir buena parte de su reconocimiento internacional. Era, además, una oportunidad poco habitual para acercarse a una artista cuya producción había transitado entre la pintura, la escultura, el performance y la instalación.
Y hay un detalle importante para entender la historia: la exposición llegó a CDMX, pero Yayoi Kusama hubiera no viajo personalmente a México para presentarla. La inauguración del 26 de septiembre contó con autoridades culturales mexicanas, representantes de Japón y directivos del museo, mientras que la artista permaneció fuera de la ciudad. Así, CDMX conoció a Yayoi Kusama a través de su obra.
De los museos a las filas de madrugada
Lo que ocurrió después convirtió la retrospectiva en algo mucho más grande que una exposición convencional. Durante los primeros meses, el Museo Tamayo recibió cientos de miles de visitantes y la demanda creció hasta generar largas filas para acceder a las salas.
Al cierre de la muestra, la cifra alcanzó casi 320 mil visitantes, un récord para una exposición de esta naturaleza en el recinto. Durante el último fin de semana, el museo incluso organizó un Maratón Tamayo de 36 horas continuas y recibió cerca de 10 mil personas adicionales.
La escena resultaba inusual para una institución dedicada al arte contemporáneo, pues hubo visitantes que esperaron durante horas y otros que incluso acamparon en las áreas verdes cercanas al museo para conseguir entrar.
Las salas que cambiaron la experiencia del arte
Parte del atractivo estaba en las instalaciones que exigían algo distinto a contemplar una obra desde cierta distancia. Infinity Mirror Room, Obliteration Room, Phalli’s Field e I’m Here, but Nothing transformaban las salas en espacios donde el visitante formaba parte de la experiencia.
En Obliteration Room, por ejemplo, una habitación blanca iba modificándose con las intervenciones de los propios visitantes, que colocaban puntos adhesivos de colores sobre paredes, muebles y objetos. La repetición, uno de los recursos fundamentales de Kusama, dejaba así de ser únicamente una decisión artística para convertirse en una acción colectiva.
Ese componente participativo ayuda a explicar por qué la exposición conectó con un público mucho más amplio que el habitual de un museo de arte contemporáneo. Las instalaciones no pedían únicamente observar, también invitaban a entrar, recorrer, fotografiar y recordar.
Yayoi Kusama antes del fenómeno de las experiencias inmersivas
Vista desde 2026, aquella exposición también permite entender un cambio cultural que apenas comenzaba a tomar fuerza. Yayoi Kusama llevó a México una idea de experiencia artística que hoy resulta familiar, pero que entonces todavía tenía un carácter mucho más excepcional.
Las fotografías dentro de las instalaciones, los espacios de espejos y la posibilidad de aparecer físicamente dentro de una obra encontraron una audiencia especialmente receptiva entre las generaciones jóvenes. El museo dejó de ser únicamente el lugar donde se observaban piezas y se convirtió en el escenario de una experiencia personal.
Por eso, el recuerdo de Obsesión infinita no pertenece solamente a la historia del Museo Tamayo. También forma parte de la historia reciente de cómo CDMX empezó a relacionarse con el arte contemporáneo de una manera más participativa, visual y colectiva.
Yayoi Kusama no necesitó estar físicamente en México para dejar una impresión duradera. Su ausencia no minimizó el encuentro; fueron sus obras las que hicieron posible que una ciudad entera entrara, literalmente, en su universo creativo.