Cuando Bad Bunny apareció en el escenario del Super Bowl, la conversación no tardó en dividirse. Para algunos fue un momento de representación histórica: un artista latino ocupando uno de los espacios mediáticos más vistos del planeta sin traducirse y sin suavizar su identidad. Para otros, fue la confirmación de que lo latino se ha convertido en una categoría rentable que la industria activa cuando conviene.
La pregunta que empezó a circular en redes no era inocente: ¿ser latino está “de moda”?
La provocación no apunta a la identidad en sí —que no es tendencia ni estética— sino a su apropiación cultural dentro de la maquinaria global del entretenimiento. El show reavivó un debate que viene creciendo desde hace años: la música urbana en español lidera rankings, diseñadores latinos ocupan puestos creativos clave y celebridades incorporan códigos estéticos latinoamericanos a campañas y alfombras rojas, pero ¿es reconocimiento genuino o una fase más del ciclo cultural que el mercado consume y reemplaza?
En el caso de Bad Bunny, su trayectoria no puede reducirse a oportunismo. Desde sus primeros lanzamientos, el artista defendió el español como lengua dominante en la industria angloparlante y rechazó la idea de “crossover” como requisito de éxito. Su presencia en el Super Bowl no fue una concesión, sino una expansión natural de un fenómeno que ya había llenado estadios, encabezado listas globales y hasta ganado el primer Grammy a Mejor Disco del año con un álbum en español.
Sin embargo, el contraste entre celebración y crítica revela algo más profundo: la tensión histórica entre visibilidad y exotización. Cuando lo latino entra al mainstream, muchas veces se simplifica en códigos reconocibles —ritmo, sensualidad y energía— mientras se diluyen sus complejidades políticas, sociales y lingüísticas. Esa reducción es lo que incomoda a parte de la conversación digital.
También existe otro ángulo. La generación Z y los millennials han crecido en un entorno cultural híbrido donde las fronteras musicales y estéticas son porosas. Para nosotros, escuchar español en el mayor evento deportivo de Estados Unidos no es disruptivo, es coherente con nuestra realidad. En ese sentido, la pregunta sobre la “moda” puede estar desfasada: no se trata de tendencia, sino de reflejo demográfico y cultural.
La industria del lujo y la moda tampoco han sido ajenas a este movimiento. Firmas internacionales colaboran con talentos latinoamericanos y capitalizan narrativas regionales con una intensidad inédita. La diferencia clave está en quién controla el relato. Cuando la representación surge desde dentro, cambia la dinámica.
La aparición de Bad Bunny no cerró el debate, sino que lo amplificó. Y quizás esa sea la señal más clara de que no estamos frente a una moda efímera. Las modas pasan sin resistencia. Lo que genera fricción suele tener raíces más profundas.
Más que preguntarnos si ser latino está en tendencia, tal vez convenga observar quién tiene el micrófono, quién se beneficia y cómo se construye la narrativa. Porque la identidad no es un accesorio de temporada. Es contexto, historia y presente en transformación constante.