En el día en que Christian Dior habría cumplido 121 años, Jonathan Anderson eligió hablarle al pasado sin solemnidad. Un retrato histórico del fundador, compartido como saludo de cumpleaños, funcionó como punto de partida para algo más amplio: una reflexión contemporánea sobre la herencia, la juventud y la libertad estilística que hoy define a Dior.
El homenaje no se quedó en lo simbólico. Este mismo día, Jonathan Anderson presentó una colección que profundiza en su interés por el diálogo entre historia y presente, tomando como referencia la figura de Paul Poiret, el modisto que a inicios del siglo XX liberó el cuerpo femenino del corsé y entendió la moda como un ejercicio de modernidad cultural. La conexión no es literal ni nostálgica, sino conceptual. Paul Poiret aparece como una energía creativa que desafía reglas, no como un archivo que se replica.
La colección Verano 2026 propone una “aristojuventud” que recorre París como flâneurs contemporáneos. No hay rigidez en su forma de vestir, sino una mezcla deliberada de referencias: códigos de formalidad clásica, emblemas históricos de la maison y ecos de Paul Poiret conviven con denim, parkas y gestos espontáneos. Peinados spiky en tonos amarillos, charreteras bordadas y una exuberancia controlada refuerzan la idea de una elegancia que no teme al juego.
La sastrería se presenta estilizada y precisa. Chaquetas alargadas, blazers llevados casi al límite de la reducción, fracs reinterpretados, chaquetas Bar en versiones más cortas y pantalones de líneas limpias construyen una silueta afilada, pero nunca rígida. En las prendas de abrigo, Jonathan Anderson lleva el contraste al extremo: bombers que se transforman en capas con brocados, chaquetas de inspiración militar con espaldas globo y abrigos envolventes donde lo técnico y lo opulento se encuentran sin conflicto.
Uno de los gestos más claros de esta colección es la disolución de las fronteras tradicionales entre lo masculino y lo femenino. Trajes, camisas con lavallière, chalecos y hasta calzoncillos largos usados como pantalones generan un juego constante entre formalidad y sugerencia de desnudez, abordado con ligereza y sin provocación forzada.
La narrativa textil sostiene todo el discurso con tweeds Donegal, terciopelos lustrosos, jacquards luminosos, bordados brillantes, flecos densos y pasamanería crean una riqueza visual que se mantiene dentro de una paleta de colores que va de extremo a extremo entre lo sobrio y lo refinado, hasta los extravagntes destellos de la lentejuela y los cabellos amarillos. Vestirse, aquí, se entiende como un acto de asociación libre, donde elementos improbables se encuentran y el legado histórico se cruza con lo contemporáneo de forma natural.
Celebrar a Christian Dior desde esta perspectiva no es mirar atrás con devoción estática. Es entender que su herencia sigue viva cuando se permite evolucionar. Jonathan Anderson no replica el pasado, lo escucha, lo cuestiona y lo empuja hacia adelante, recordando que la historia de la moda se mantiene relevante solo cuando vuelve a sentirse viva.