Si hoy imaginamos un vestido de novia, casi siempre lo visualizamos blanco. No marfil, no rojo, no azul: blanco. Esa asociación parece tan antigua que muchos la consideran tradición inamovible. Sin embargo, durante siglos, las novias europeas no se casaban de blanco. La idea se consolidó por una elección puntual y documentada: la boda de la reina Victoria del Reino Unido en 1840.
Cuando Victoria se casó con el príncipe Alberto el 10 de febrero de 1840, eligió un vestido blanco de satén de seda con encaje de Honiton. El dato está registrado en archivos del Royal Collection Trust y en el Victoria & Albert Museum de Londres. En ese momento, el blanco no era el color habitual para contraer matrimonio. Las mujeres solían usar su mejor vestido, independientemente del color, porque la prenda debía reutilizarse después. El concepto de un vestido diseñado exclusivamente para una ceremonia no era común.
La elección de Victoria tuvo múltiples implicaciones. Primero, fue una declaración estética. El blanco permitía resaltar el delicado encaje británico, apoyando la industria local en un contexto económico complejo. Segundo, proyectaba pureza visual, aunque la asociación entre blanco y virginidad se consolidó más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, con la moral victoriana.
La imagen circuló ampliamente gracias a grabados y reproducciones en prensa ilustrada. Esa difusión masiva convirtió la decisión en modelo aspiracional. Las clases altas europeas comenzaron a imitarla, y con el avance de la fotografía en la segunda mitad del siglo XIX, el blanco ganó aún más fuerza como estándar visual nupcial.
Antes de ese momento, el rojo era común en muchas regiones de Europa. En otros contextos culturales, como en China, el rojo continuó siendo símbolo de fortuna y prosperidad. La homogeneización occidental hacia el blanco fue más una construcción social que una tradición ancestral.
El siglo XX terminó de institucionalizar la norma. Las casas de moda y el auge de la industria bridal consolidaron el vestido blanco como ideal romántico universal. Diseñadores como Charles Frederick Worth ayudaron a profesionalizar la alta costura nupcial, transformando la prenda en objeto de deseo exclusivo.
Lo interesante es que lo que hoy consideramos tradición tiene menos de dos siglos de historia dominante. El vestido blanco no es una herencia medieval ni un mandato religioso milenario: es el resultado de una decisión real convertida en tendencia global.
Entender ese origen cambia la perspectiva. El blanco no es obligatorio; es una narrativa que se volvió costumbre. Y como toda narrativa en la moda, nació de una elección concreta que el tiempo transformó en símbolo.