En 1999, Alexander McQueen presentó la colección Primavera/Verano conocida como No. 13. El cierre del desfile se convertiría en uno de los episodios más citados de la historia de la moda contemporánea: la modelo Shalom Harlow, vestida con un diseño blanco de silueta estructurada y falda amplia, giraba sobre una plataforma mientras dos brazos robóticos industriales la rociaban con pintura negra y amarilla en tiempo real.
La escena duró apenas unos minutos, pero alteró para siempre la forma en que entendemos el espectáculo de la moda. No se trataba únicamente de un vestido; era un acto performático coreografiado con precisión técnica. Los robots —similares a los utilizados en líneas de ensamblaje automotriz— se acercaban, se alejaban y disparaban pintura con una violencia controlada que contrastaba con la postura casi serena de Shalom Harlow. La prenda terminaba transformada frente a la audiencia, convertida en una pieza irrepetible.
A finales de los noventa, la pasarela ya había explorado teatralidad y narrativa, pero McQueen llevó el concepto a otro nivel al incorporar maquinaria industrial como protagonista. La tensión visual entre cuerpo y tecnología anticipaba debates que hoy resultan familiares: la relación entre lo humano y lo mecánico, el control, la vulnerabilidad y la autoría en un proceso creativo compartido entre diseñador, modelo y máquina.
@brash_fashionpost Omg 10/10 El icónico desfile de Alexander McQueen que probablemente es el desfile por el cual muchos muchos ahora se dedican a la moda. Y aunque el final ya es pop culture. Realmente esta colección esconde cosas hermosas y con significados tan increíbles, tan McQueen que siempre está bien volver a verlo. #Alexandermcqueen #fashionfunfact #1999ssMcqueen #curiosidadesmoda #runways
♬ Lilith - Saint Avangeline
El vestido spray se convirtió en una imagen recurrente en retrospectivas, publicaciones especializadas y exposiciones museísticas dedicadas al diseñador. Cuando en 2011 el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York inauguró la muestra Savage Beauty, ese momento fue revisitado como parte esencial de su legado creativo. No solo por su impacto mediático, sino porque condensaba la esencia de su trabajo: técnica impecable, carga emocional y una puesta en escena capaz de incomodar y fascinar al mismo tiempo.
La muerte de Alexander McQueen y el contexto de 2010
Alexander McQueen falleció el 11 de febrero de 2010 en Londres. Las autoridades británicas determinaron que su muerte fue por suicidio. El diseñador tenía 40 años. De acuerdo con los reportes oficiales, atravesaba un periodo de profunda depresión tras la muerte de su madre, Joyce McQueen, ocurrida pocos días antes. Su fallecimiento conmocionó a la industria global y abrió conversaciones necesarias sobre salud mental en un entorno creativo de alta presión.
En el momento de su muerte, Alexander McQueen se encontraba al frente de su firma homónima y había consolidado una trayectoria que incluía su paso por Givenchy en la década de los noventa, múltiples reconocimientos como Diseñador Británico del Año y una reputación cimentada en desfiles conceptuales que trascendían la ropa.
Dieciséis años después, el vestido spray de 1999 continúa funcionando como un punto de referencia para entender su visión. No fue simplemente un efecto escénico memorable: fue una declaración sobre el potencial expansivo de la moda. En ese instante preciso —una modelo girando bajo el asedio de máquinas— McQueen dejó claro que la pasarela podía ser laboratorio, teatro y manifiesto a la vez. Y esa idea sigue resonando en la industria.