Antes de que existieran las alfombras rojas transmitidas en tiempo real o los contratos millonarios con casas de moda, ya había mujeres cuya presencia alteraba la conversación pública. No necesariamente eran las más técnicas, ni las más disciplinadas, ni siquiera las más elegantes en el sentido clásico. Tenían algo más difícil de definir: magnetismo. A eso, en el siglo XX, se le empezó a llamar “it”.
El término se popularizó en 1927 con la película It, protagonizada por Clara Bow. La cinta giraba en torno a una joven con encanto irresistible, y la palabra “it” se utilizaba para describir esa cualidad intangible que atraía miradas sin esfuerzo aparente. Clara Bow no solo interpretó el concepto; lo encarnó fuera de la pantalla. Su estilo, su actitud y su forma de ocupar el espacio público marcaron un precedente: la moda no dependía únicamente de la ropa, sino de quién la llevaba.
Con el tiempo, el fenómeno evolucionó. En los años sesenta, figuras como Edie Sedgwick transformaron el arquetipo. Ya no se trataba solo de encanto romántico, sino de una mezcla de rebeldía, fragilidad y sofisticación urbana. Edie Sedgwick, vinculada al círculo creativo de Andy Warhol, demostró que el aura podía ser tan influyente como cualquier pasarela. Su imagen —ojos delineados, medias negras, minivestidos— se convirtió en referencia cultural.
En los noventa y principios de los dos mil, el concepto tomó otro giro. Las “it girls” comenzaron a surgir desde la vida nocturna, el street style y la cultura paparazzi. El atractivo residía en la espontaneidad: parecían inalcanzables y cercanas al mismo tiempo. La narrativa dejó de centrarse exclusivamente en la actuación o la aristocracia y empezó a incluir herederas, socialités y modelos cuya principal credencial era generar conversación.
La era digital redefinió las reglas otra vez. Con redes sociales como plataforma, el carisma se volvió medible en seguidores y engagement; sin embargo, la esencia permanece: una “it girl” no es solo tendencia, es detonadora de tendencias. Cuando adopta una silueta, un peinado o una marca, el impacto se multiplica. No porque lo imponga, sino porque su identidad ya funciona como referente aspiracional.
Lo interesante es que el concepto nunca fue completamente democrático. Siempre implicó cierta combinación de contexto social, visibilidad y oportunidad histórica. Aun así, también abrió una conversación sobre agencia femenina. Ser “it girl” no significa únicamente ser observada; implica influir, reinterpretar códigos y, en muchos casos, convertir la propia imagen en estrategia profesional.
En el fondo, el término refleja cómo la moda se entrelaza con el carisma. No basta con vestir bien. El fenómeno surge cuando estilo y personalidad se funden en una narrativa convincente. Desde el cine mudo hasta los algoritmos actuales, la “it girl” ha sido el espejo de cada época: una figura que encarna deseo cultural y redefine lo que consideramos relevante.
Más que una etiqueta frívola, el concepto es un registro histórico del poder simbólico. Cada generación construye la suya. Y cada una, a su manera, vuelve a preguntarse qué significa realmente tener “eso”.