Por Déborah Uranga
Spencer Tunick lleva más de dos décadas fotografiando cuerpos desnudos. Se hizo un nombre a mediados de los noventa, montando sesiones fotográficas al amanecer en plena vía pública de Nueva York; hoy su estatus de artista le da tiempo para componer con calma. Ha retratado desnudos en todos los continentes —sí, también en la Antártida—.
Este año eligió Gran Canaria para crear “Gran Spectrum”, una obra inspirada en los colores de las banderas LGTBIQA+ como protesta ante el retroceso global de las libertades. Y si quieres, puedes participar: será el 26 de julio de 2026 en Las Palmas de Gran Canaria y Maspalomas, dentro de Culture & Business Pride 2026. Las inscripciones están abiertas en www.granspectrum.com
En la antesala del proyecto, Tunick habló con Bazaar sobre su próxima obra, su proceso de trabajo y de lo que significa vivir en la era de la IA.
En una era saturada de imágenes y videos, ¿por qué sigue siendo relevante el cuerpo colectivo?
Porque reunir a la gente sigue siendo difícil, para cualquier cosa. Incluso con redes sociales, necesitas una idea singular para despertar interés. Y si la reunión es de personas desnudas, más todavía: solo un porcentaje muy pequeño quiere posar así, aunque sea para el arte. Hay que trabajar muchísimo para lograrlo.
¿Ves “Gran Spectrum” como obra de arte, como protesta o como ambas?
Yo lo veo como una obra que se mete bajo la piel de la gente conservadora. Hago el trabajo como artista, y la organización que me invita le pone un mensaje que lo eleva a otra estratósfera. Estoy en paz con eso porque coincide con lo que siento. Me costaría hacerlo solo: soy artista visual, no escritor, no redacto discursos. Comunico muy bien haciendo arte, pero encontrar las palabras suele resultarme muy difícil. Si siento algo, hay una carga emocional en la obra que me cuesta transmitir con palabras. Por eso, cuando tengo un aliado, me siento honrado.
¿Cómo se abre paso entre el ruido? ¿Qué logra esta imagen que el activismo por sí solo no consigue?
Cuando hice mi obra en Barcelona con 8,000 personas, después muchos grupos activistas empezaron a usar el desnudo como intervención de protesta: contra la crueldad animal, contra otras causas. Se volvió una forma potente de llamar la atención, también desde el feminismo. Pero el desnudo activista tiene una larga historia, incluso en México. En África hubo mujeres que protestaron desnudas frente a una gran petrolera. Para ellas la desnudez representa pureza, y ese mensaje puro carga más peso. Siempre pienso que el desnudo es una especie de último recurso en el activismo. ¿Qué más puedes hacer?
¿El desnudo sigue causando impacto en 2026?
Creo que todavía llama la atención. Con los años me he vuelto una persona tímida; por suerte para mí, mucha gente no lo es. Lo que pido es un acto de fe: hacer algo que, para la mayoría, está fuera de su vida normal.
Ya en el lugar, ¿cómo se trabaja con la vulnerabilidad de estar desnudo entre miles de personas?
Cuando mil personas están desnudas, el raro pasa a ser el que está vestido. Mis organizadores se convierten en los excéntricos del borde. Después de unos veinte minutos, la gente se olvida de la desnudez y recuerda que está ahí para trabajar, hacer arte y disfrutar. Lo que ocurre es una especie de euforia colectiva.
¿Por qué Gran Canaria era el lugar indicado?
Visito las Islas Canarias desde niño. Mi abuela me llevó en un crucero por el Mediterráneo y una de las paradas fue Tenerife; subimos en autobús hasta el volcán. El paisaje era asombroso. Hace unos diez años hubo interés en hacer un proyecto en Tenerife, pero se cayó. Así que cuando me invitaron a Gran Canaria, pensé: las Canarias las conozco. Conozco algo de su historia, sé que producen la mayoría de los plátanos de Europa —bromeo, pero tenía una comprensión honda del paisaje y de los elementos volcánicos de las islas—.
¿Qué aprende de una ciudad a través de quienes se ofrecen como voluntarios?
Hago una inmersión profunda cuando exploro la locación. No puedo predecir dónde me invitarán, así que en cuanto llega la invitación investigo como quien prepara un viaje. Ya en el sitio, me sumerjo en la historia: visito mercados, conozco las aves, la vegetación, la geografía. Me meto en el paisaje de la ciudad y, si los hay, en sus elementos naturales.
Hablabas de esa euforia colectiva. ¿Tus imágenes celebran la individualidad o la disuelven?
La gente no son robots. Es un grupo que hace arte conmigo; son colaboradores, individuos encantadores que quieren crear una escultura a mi lado. La individualidad se nota justo ahí: ellos moldean la escultura conmigo. Trabajan, hablan, a veces gritan, saludan, proponen movernos. Y yo intento comunicarme desde lejos: “tú, el del pelo rojo, o el de la cabeza rapada, muévete un poco a la izquierda”. Entonces todos ríen, porque hay veinte personas pelirrojas. Es mi manera de romper el hielo. Nunca me enojo; trabajo duro para colocarlos bien, de modo que no solo yo quede contento con la obra final, sino ellos también. Sigue sintiéndose como un experimento, porque cada vez es como la primera.
Suena a un enorme reto logístico. ¿Cómo lo preparas?
Nunca imaginé que la gente desnuda diera tanto trabajo. No tomo vacaciones de verdad desde hace veinte años. Soy una sola persona en un estudio, sin asistente: trabajo sola para hacer estas obras enormes. Por eso busco organizaciones maravillosas que entiendan que trabajo solo y produzcan el proyecto conmigo.
Siempre estás pensando en el siguiente proyecto, ¿verdad?
Siempre pienso en el ahora. Quiero hacer una obra en Washington D.C. con cien personas cubiertas de marcas rojas, posiblemente cerca del Departamento de Salud. Representa la desinformación y la negación de la ciencia, las enfermedades y los virus. Ya hice una fotografía de prueba en el norte del estado de Nueva York y quedó hermosa. Se llama “The Remedy”, porque el remedio es la información. Una obra muy poderosa.
¿Crees que crear visibilidad basta para cambiar mentalidades?
La fotografía es un gran medio; al menos solía ser verdad. Una fotografía que la gente sabe que no tiene trucos tiene un poder que va más allá de la inteligencia artificial. Ojalá mi trabajo se abra paso entre la desinformación y deje huella, no solo como declaración artística, sino ayudando a la gente a sentirse más en paz al ver que, colectivamente, hacemos arte por una buena causa.
¿Cómo lidias con la IA?
Creo que la IA es ahora el oficio de la fotografía. El acto táctil del artista al hacer una foto importa menos que el narrador capaz de crearla con palabras. Volvimos a un momento previo a la fotografía, donde las ideas se dicen o se escriben, y eso pesa más que lo que hacíamos los fotógrafos. Ahora se trata de los narradores: quien cuente la mejor historia frente a la computadora hará la obra visual más lograda. Detrás de las ideas siempre hay humanos. Yo pienso de forma creativa, tengo la mente de un escritor, pero mi boca no alcanza a decir lo que pienso. Hay artistas tan metidos en su cabeza que no son verbales, y yo soy uno de ellos. Creo que la fotografía como herramienta táctil irá desapareciendo, y que los nuevos artistas visuales serán los escritores y los narradores.
¿Cuándo descubriste que no eras tan verbal y que podías expresarte a través del arte?
Vi la obra de Claes Oldenburg, sus dibujos que juegan con las escalas, como una paleta gigante en un paisaje. Vi la obra de Yayoi Kusama. Vi a muchos artistas creando piezas que no necesitaban lenguaje, o al menos no de su parte, aunque hubieran estudiado arte. Creo que es importante que una obra tenga una historia detrás, y muchas de las mías la tienen. Pero es muy difícil tener ideas y visiones y no poder comunicarlas con palabras. De joven me gustaba René Magritte; es un trabajo desafiante. Pensaba: ¿cómo hago eso con la fotografía? ¿Cómo hago que alguien flote en el aire? Ese fue siempre mi reto, y así empecé.
¿Qué esperas que ocurra con “Gran Spectrum”?
Espero que la gente venga y participe. Les digo que todo va a estar bien, que van a disfrutar y no se van a arrepentir. Pero comunicar eso a las masas es difícil. Por eso intento ser cercano, no ponerme por encima de mi obra ni creerme demasiado importante para salir a hablar y convocar. En esencia soy un reunidor: la gente es mi medio. La mayoría de los artistas va a una tienda a comprar pintura, o arcilla, o piedra en una cantera; mi medio tiene pies, y tengo que encontrarlo. Esa es la parte más difícil, porque hay que ganarse su confianza, hacerles saber que te importan y que trabajamos juntos por una meta común. Tienes que convertir una multitud en comunidad.
¿Qué sigue sorprendiéndote de la naturaleza humana?
Que la mente es maleable. En el fondo creo que todos somos buenas personas; lo que pasa es que a veces un individuo puede ser tan poderoso como para dañar a muchos. Mi trabajo siempre ha buscado incomodar a quienes causan el daño. Lo que espero es que el cuerpo y el arte sigan siendo algo positivo: que iluminen, que hagan pensar en la libertad y en que somos dueños de nuestro cuerpo. Las corporaciones no son dueñas de nuestro cuerpo. La autonomía es nuestra.