A finales de los noventa, Titanic no solo se convirtió en una de las películas más taquilleras de la historia, también redefinió la cultura pop y transformó la vida de sus protagonistas. Sin embargo, a casi 30 años de su estreno, Leonardo DiCaprio y Kate Winslet coinciden en algo que suele sorprender a los fans: ninguno tiene interés en volver a verla.
Lejos de la nostalgia fácil, la razón tiene más capas de lo que parece.
Para Leonardo DiCaprio, Titanic representa un punto de quiebre absoluto. Tenía poco más de 20 años cuando la película de Titanic se estrenó y, de la noche a la mañana, pasó de ser una joven promesa del cine a un fenómeno global. En entrevistas posteriores, el actor ha reconocido que esa fama repentina fue abrumadora. Ver la película hoy no implica solo revisitar una historia romántica, sino volver a un momento vital extremadamente intenso, marcado por una exposición mediática sin precedentes. Para alguien que ha construido su carrera con extremo cuidado, revisitar ese capítulo no resulta necesario.
Yo no veo mis películas
En el caso de Kate Winslet, la distancia es todavía más personal. Aunque ha hablado con cariño del proyecto y de su amistad con Leonardo DiCaprio, también ha sido honesta sobre la autocrítica que siente al verse en pantalla. La actriz ha confesado que le resulta incómodo observar su actuación y, especialmente, su imagen corporal en una época en la que Hollywood imponía estándares muy rígidos. Volver a Titanic no es, para ella, un ejercicio de celebración, sino una experiencia que despierta inseguridades superadas con los años.
Hay además un factor artístico. Tanto Leonardo DiCaprio como Kate Winslet han seguido carreras largas, complejas y profundamente respetadas. Él se consolidó como uno de los actores más selectivos de su generación; ella, como una intérprete que prioriza personajes incómodos, intensos y alejados del estereotipo. Desde esa perspectiva, Titanic pertenece a una etapa temprana, formativa, pero ya no representa quiénes son hoy como artistas. No verla es también una forma de no quedar anclados a un solo título, por monumental que haya sido.
Otro punto clave es el peso cultural de la película. Titanic ha sido analizada, citada y reproducida hasta el cansancio durante décadas. Para sus protagonistas, la historia ya vive en la memoria colectiva sin que ellos tengan que revisitarla en privado. De algún modo, la película dejó de pertenecerles hace mucho tiempo y pasó a ser del público.
Paradójicamente, esa decisión no implica rechazo. Ambos han defendido el impacto del filme, el trabajo de James Cameron y el vínculo que nació entre ellos durante el rodaje. Simplemente, han elegido mirar hacia adelante. En una industria obsesionada con revivir el pasado, negarse a volver a ver Titanic podría ser un gesto de madurez por parte de sus protagonistas, ya que reconocer que ciertas obras cumplen su ciclo y que no todo lo icónico necesita repetirse para seguir siendo relevante.
Así, casi tres décadas después, Leonardo DiCaprio y Kate Winslet mantienen una relación serena con la película que los unió. No desde la repetición, sino desde la distancia justa que permite honrar lo que fue sin quedar atrapados en ello.