El fleco ha sido presentado como un territorio casi prohibido para las mujeres con pelo rizado. Demasiado difícil, demasiado impredecible, demasiado riesgoso. La idea de que solo el pelo lacio podía sostener un fleco limpio y favorecedor se instaló con fuerza en el imaginario estético, sin embargo, en 2026 esa narrativa empieza a resquebrajarse, y Odessa A’zion es una de las figuras que mejor lo ejempla.
Su aparición reciente en los Golden Globes con un fleco rizado, corto, irregular y visiblemente natural no funciona como un gesto aislado ni como una excentricidad de alfombra roja. Es, más bien, una señal clara de algo que viene gestándose desde hace tiempo: las mujeres con pelo rizado dejaron de intentar corregir su textura para empezar a dialogar con ella, incluso en zonas históricamente conflictivas como la frente.
El fleco que lleva Odessa no busca simetría ni control absoluto. No está alisado, no está fijado, no pretende verse igual durante toda la noche. Y ahí está su fuerza. Este tipo de fleco no actúa como un marco rígido del rostro, sino como una extensión orgánica del volumen y el movimiento natural del rizo. Lejos de endurecer la expresión, la vuelve más interesante, emocional y real.
El gesto es relevante porque rompe con una lógica correctiva que dominó durante décadas la industria de la belleza. A las mujeres con pelo rizado se les enseñó a alisar, definir en exceso o esconder ciertas zonas para encajar en estándares pensados para otro tipo de cabello. El fleco rizado —imperfecto, cambiante, vivo— cuestiona esa imposición desde el centro del rostro.
Esta reconciliación con los flecos no nace del deseo de verse arreglada, sino de aceptar que el cabello no tiene que comportarse para ser elegante. En el contexto actual, donde la belleza se aleja cada vez más del acabado impecable y se acerca a la autenticidad, el fleco rizado se convierte en un símbolo de libertad estética.
No se trata de que todas las mujeres con rizos adopten este corte, sino de que ahora existe la opción sin culpa ni advertencias alarmistas. El fleco deja de ser una promesa de frustración para convertirse en una elección personal, adaptable y flexible. Cada rizo cae distinto, cada día se ve diferente, y esa variación deja de percibirse como error.
Odessa A’zion no reinventa el fleco, pero sí lo libera. Lo saca del molde pulido y lo devuelve a un terreno más honesto, donde el pelo rizado no tiene que pedir permiso para ocupar espacio. En 2026, esa reconciliación no solo es estética, también es cultural. Y empieza justo ahí, en esos mechones que caen sin intentar convencer a nadie.