El rosa que llevó Selena Gomez no es infantil ni romántico en exceso. Es un tono construido con capas translúcidas que permiten ver profundidad, casi como si el color flotara sobre la uña. El acabado es brillante, pero no plástico; refleja la luz con un efecto húmedo que conecta con la estética glossy que ha ganado terreno en maquillaje y ahora se consolida en manicure.
La elección no es casual. El tono —identificado como “BS-104” dentro de la nueva serie de Tom Bachik— se mueve entre el blush lechoso y el rosa pétalo, con suficiente pigmento para notarse y suficiente transparencia para no verse pesado. Ese equilibrio es lo que lo vuelve relevante: no es un nude clásico ni un rosa vibrante. Es un punto medio calculado.
La forma almendrada suave refuerza esa intención. No hay ángulos agresivos ni largos extremos. El largo medio estiliza sin dramatizar, y permite que el color sea protagonista sin depender de nail art adicional. No hay cristales, líneas gráficas ni degradados. Solo técnica.
En términos de tendencia, este tipo de manicure responde a una transición clara en la conversación beauty. Después de temporadas dominadas por acabados sólidos y tonos intensos, el interés se está desplazando hacia texturas construibles, tonos que dialogan con la piel y brillos que aportan dimensión. La palabra clave aquí es profundidad.
También hay algo estratégico en elegir un rosa de estas características: ilumina las manos, suaviza el contraste con accesorios y funciona como extensión natural del tono de piel. En la imagen, el brillo del esmalte dialoga con el diamante del anillo sin competir. Eso es precisión estética.