La idea de que el clóset puede delatar nuestro estado emocional no es nueva. Desde la psicología del color hasta la llamada enclothed cognition —teoría que explora cómo la ropa influye en la percepción que tenemos de nosotros mismos—, la moda ha sido analizada como un espejo silencioso de lo que ocurre por dentro. Y, cuando se habla de baja autoestima, hay un tono que aparece con frecuencia en estudios y observaciones clínicas: el gris.
No porque el gris sea triste por definición, sino porque suele asociarse a neutralidad, invisibilidad y bajo estímulo emocional. En investigaciones sobre percepción cromática y estados de ánimo, los colores apagados —gris, beige desaturado, negro sin contraste— tienden a relacionarse con introspección, retraimiento o deseo de pasar desapercibido. Personas que atraviesan momentos de inseguridad pueden inclinarse por estos tonos como una forma inconsciente de reducir exposición social.
Eso no significa que cada outfit monocromático en gris revele conflicto interno. En moda, el gris ha sido símbolo de sofisticación minimalista, de poder silencioso e incluso de rebeldía contenida. Basta pensar en cómo las casas de lujo han convertido este color en sinónimo de elegancia urbana. El matiz está en la intención: ¿se elige para proyectar control o para evitar atención?
La psicología explica que cuando la autoestima se encuentra vulnerable, algunas personas buscan “armaduras cromáticas”. A veces esa armadura es el negro absoluto —percibido como protector y delimitador—; otras, una paleta neutra que diluya la presencia. El fenómeno tiene más que ver con regulación emocional que con estética. Vestir tonos discretos puede brindar sensación de seguridad porque reduce la percepción de juicio externo.
Sin embargo, la relación entre color y autoestima no es lineal. También ocurre lo contrario: hay quienes, ante inseguridades, optan por colores intensos para compensar o afirmar identidad. La ropa funciona como herramienta simbólica. No habla sola; dialoga con postura corporal, contexto y narrativa personal.
Lo interesante es cómo el acto de vestirse puede influir en el estado interno. Estudios sobre enclothed cognition sugieren que usar prendas asociadas con autoridad o energía puede modificar la autopercepción y el desempeño. Traducido al color: integrar tonos que asociamos con vitalidad —azul eléctrico, rojo profundo, verde saturado— puede reforzar sensaciones de confianza si se alinean con nuestra identidad.
Así, más que etiquetar un color como “el de la baja autoestima”, conviene entender la elección cromática como un indicador situacional. Si alguien se refugia constantemente en tonos que lo hacen sentir invisible, podría ser una señal de introspección o inseguridad, pero si esos mismos tonos se llevan con intención y estructura, pueden comunicar firmeza.
La moda no diagnostica; acompaña. El clóset puede convertirse en territorio de experimentación emocional: probar nuevas combinaciones, añadir contraste, jugar con texturas. A veces el cambio empieza por un detalle mínimo —un accesorio vibrante, un labial intenso, un estampado inesperado— que reconfigura cómo nos percibimos frente al espejo.
En última instancia, el color no define la autoestima; la interpreta. Y como todo lenguaje, puede resignificarse.