Hablar de la nueva etapa de Balenciaga implica entender que el cambio no llegó como ruptura, sino como depuración. Bajo la dirección creativa de Pierpaolo Piccioli, la casa redefine sus códigos sin borrar el pasado reciente, proponiendo una evolución que se siente más emocional, más habitable y, sobre todo, más consciente del cuerpo real que viste la prenda.
Lejos de abandonar el legado inmediato de la firma, Pierpaolo Piccioli lo traduce a un nuevo lenguaje. La colección Fall 2026, titulada Body and Being, plantea una conversación directa entre lo cotidiano y lo excepcional. Aquí, lo deportivo no se opone a la sofisticación, sino que convive con ella. Un chándal puede ser elegante, unos tenis pueden adquirir peso simbólico y una prenda pensada para el movimiento puede ocupar el mismo espacio que la alta costura.
Una de las claves fundamentales está en la comodidad entendida como lujo mental. No se trata solo de tejidos suaves o siluetas funcionales, sino de una idea más amplia, vestirse sin fricción. Las prendas fluyen con el cuerpo, respetan su movimiento y lo acompañan en lugar de imponerle una forma. Leggings, sudaderas y piezas de inspiración deportiva se integran con gestos de elegancia clásica —guantes largos, sombreros drapeados, tacones delicados— que resignifican lo diario.
El cuerpo, en esta Balenciaga, deja de ser un soporte abstracto. Pierpaolo Piccioli trabaja desde una noción muy clara de presencia: el body como realidad física y el being como identidad emocional. Esa dualidad se percibe en las siluetas heredadas del archivo, reinterpretadas en materiales como cuero o felpa, y en la manera en que las prendas funcionan tanto para él como para ella, diluyendo jerarquías tradicionales del vestir.
Otra clave está en la desaparición de las categorías rígidas. Día y noche, calle y costura, sastrería y deporte dejan de ser categorías rígidas y ahora las prendas habitan varios territorios a la vez. Esta fluidez responde a una forma contemporánea de vivir la moda, donde una misma pieza debe adaptarse a distintos contextos sin perder identidad.
La puesta en escena refuerza esta lectura. Las imágenes de la colección, capturadas en entornos urbanos, muestran una Balenciaga más cercana, casi costumbrista, donde el glam no se opone a la vida real. Lentejuelas, vestidos de seda y abrigos de gran presencia conviven con deportivas y prendas técnicas, normalizando la idea de que la sofisticación no pertenece solo a los espacios excepcionales.
En accesorios, Pierpaolo Piccioli demuestra su capacidad para reinterpretar iconos sin nostalgia. Bolsos históricos regresan con líneas más depuradas, mientras que el calzado oscila entre la ligereza extrema y maximalismo activewear. Todo responde a una misma lógica entre piezas deseables, pero pensadas para ser usadas, no solo admiradas.
La nueva Balenciaga pasa por una etapa que apuesta por la elegancia como estado, por el cuerpo como centro y por una belleza que se construye desde la utilidad.