Fotografías de Alejandro Salinas
Fashion Styling de Rodrigo Alcántara
Entrevista de Déborah Uranga
La encuentro en una mañana de Ciudad de México, su lugar favorito, aunque esta vez sólo esté de paso por uno o dos días. Originaria de Monterrey y residente de Los Ángeles, Sofía Reyes llega dispuesta a hablar de algo que la mayoría evitamos: el momento exacto en que te das cuenta de que ya no cabes en tu propia vida.
No es una epifanía dramática ni un colapso espectacular. Es, más bien, ese ruido interior incómodo que has estado ignorando y que un día se vuelve ensordecedor. “Llegó un momento en el que la vida también me obligó a empezar a poner límites”, me dice. Hay algo refrescante en cómo lo plantea: sin melodrama, sin victimizarse. Sólo la observación cruda de alguien que acaba de salir del otro lado de algo complicado.
Estamos hablando de una artista que empezó muy joven. A los 10 años aprendió a tocar el piano; a los 11 ya escribía canciones junto a su padre; a los 14 debutó como protagonista de la serie juvenil musical Mi Linda Anabella. Dos años después se unió a la banda femenina TAO, con la que lanzó el disco Tóxico, pero dejó el proyecto un año más tarde para seguir su camino como solista.
Su talento no ha hecho más que crecer, pero iniciar tan temprano en una industria tan exigente –y tan complaciente– te enseña rápido a moldearte según lo que otros esperan de ti. “Cuando empecé, como que cierto personaje se fue articulando”, dice. Esa construcción, ese performance de ser exactamente lo que la industria musical, Monterrey, la belleza aspiracional y los demás querían que fuera, funcionó… hasta que dejó de hacerlo.
2025 fue un año rudo para Sofía. “Mucho existencialismo y muchos cambios”, explica. La sacudió en más de un sentido. No lo edulcora: hubo duelos, cierres y conversaciones incómodas que llevaba tiempo evitando. Su mejor amiga dejó de estar en su vida. Su relación terminó. Cerró un ciclo con su terapeuta de diez años. Personas de su equipo, con las que trabajó por más de una década, se fueron. Se mudó sola por primera vez. “Muchos cierres”, resume. “Para mí fue darme cuenta de que ya no quepo en este espacio y necesito pasar a una siguiente etapa. Sí fue muy rudo, pero atravesar todo eso también me dio la sensación de que soy capaz de todo”.
Habla con la seguridad de quien se conoce. Esa autenticidad siempre la ha acompañado, como buena guerrera que es, sólo que ahora se permitió decir cosas que antes callaba. “Siempre he sabido que, mientras más coherente sea conmigo, voy a caminar con menos personas. Y me daba mucho miedo quedarme sola. Pero llegó el momento de seguir el camino”. Lo que más le pesaba eran esas conversaciones que imaginaba imposibles y que, una vez iniciadas, no resultaron tan difíciles. Solo fue cuestión de ponerse a ella primero, algo a lo que no estaba acostumbrada.
El miedo seguía ahí: el miedo a no poder sostenerlo. “Pero sólo toca confiar en que lo he hecho y que seguiré haciéndolo”, dice, como quien por fin respira más ligero.
La música estuvo ahí como catalizador y, sobre todo, como sanación. IDGAF Era, su álbum más reciente, nació justamente de esa incomodidad. De no saber hacia dónde iba, pero tener la certeza de que tenía que moverse. “Le decía a mi equipo: me siento rarísima y no sé qué estoy transitando”, recuerda. “Entonces pensé: ¿por qué no usar esto que siento –tan incómodo, lleno de incertidumbre y sin un destino claro– para escribir sobre ello?”. Así reconectó con la Sofía que se enamoró de la música desde el piano, con canciones más melancólicas.
El disco habla de una muda de piel literal. No es el típico álbum de “renacimiento” donde todo se resuelve con un cambio de look y una declaración de empoderamiento. Es más honesto que eso. Es el registro de alguien en tránsito, sin pretender tener respuestas. “No es como ‘ahora soy esto otro y esta es mi nueva era’”, aclara. “Es más bien: estoy en este camino hacia la autenticidad. Quien quiera venir conmigo, increíble. Quien no, también está bien. No tengo idea de hacia dónde voy y esto es lo que está surgiendo en el proceso. Me permito escribir sin filtros, como hablo yo, sin querer complacer a nadie”.
Hablemos de la presión. Crecer como mujer en el ojo público –especialmente en Monterrey, específicamente en la música– viene con un manual no escrito sobre cómo debes verte, vestirte y comportarte. Sofía lo conoce bien. “Crecí con esa conversación de que debes tener un cuerpo perfecto y verte siempre bonita. Primero por ser de Monterrey y luego por ser cantante mujer”, explica. Cualquiera que tenga amigas regias lo sabe: la exigencia social es potentísima. Cuerpos perfectos, piel impecable, ropa perfecta. Todo bajo control. Todo el tiempo.
Ella ha pasado por todas esas etapas para cumplir con las exigencias. Exceso de ejercicio. Dietas extremas. La persecución constante de un ideal que nunca termina de alcanzarse porque siempre se mueve un poco más allá. “He tenido etapas en las que hago cinco horas diarias de ejercicio y paso muchos días con dietas extremas”, dice, “hasta darme cuenta de que eso no es lo que me hace feliz”.
Hoy, a los 30, está aprendiendo algo distinto. No se trata de conquistar el cuerpo ni de someterlo a una rutina militar. Se trata de escucharlo. “Hago lo que siento que mi cuerpo me pide e intento encontrar un balance”. Le pregunto cómo influye la percepción de su cuerpo en sus decisiones de estilo. Su respuesta es refrescantemente honesta: “Mucho. Me encantaría decir que hoy decido cómo me visto sin importar la mirada externa… pero más bien me encantaría llegar a ese lugar. Y creo que eso viene de adentro”.
Cuenta que durante mucho tiempo la percepción de sus brazos y la redondez de su cara le hicieron creer que no podía usar ciertas prendas. “He tenido ese tema de no querer usar ropa donde se me vean los brazos. Y lo que yo pienso no es verdad. Entonces sigo trabajando en ese viaje de hacer las paces”. Lleva once años en terapia y ese acompañamiento, dice, la hace muy feliz. Lo valioso de Sofía es que no pretende haber llegado a una meta final de autoaceptación. Sigue en el camino. “Todavía voy transitando por ahí. Porque estoy muy consciente”. El self-consciousness te mata, coincidimos. Totalmente.
Cuando le pregunto por las estéticas con las que sí se identifica, su energía cambia. Aquí está su territorio de libertad. “Me gusta mucho el maximalismo. Jugar con patrones, colores, atreverte a hacer algo distinto, algo nuevo, sin tanto miedo”. Lo traduce en maquillajes intensos, combinaciones inesperadas, pelo experimental. Riesgo. En la moda y el beauty encuentra ese espacio de juego que la industria musical a veces le negó. Durante años, mucha gente cercana le decía cómo vestirse, cómo peinarse, cómo presentarse. “Yo cedí mucho ese espacio”, reconoce. Hasta que llegó el punto de quiebre. “Sentí que ya no me estaba expresando desde mi verdadera…”. Deja la frase suspendida, pero no hace falta terminarla.
El cuidado personal, para Sofía, no es una rutina instagrameable de 47 pasos. Es algo más sencillo y profundo. Terapia. Tiempo sola para recargarse. Journaling, leer, escribir, caminar en la naturaleza. También lo físico lo cuida desde ahí. En cuanto a la piel, se mantiene en lo básico. Su mamá es dermatóloga y le enseñó lo esencial: limpiar antes de dormir, hidratar y usar bloqueador solar todos los días. “Siempre me ha dicho que lo mejor es no ponerte 2,900 cremas, y yo le creo”.
En su casa tiene un vaporizador, le gusta poner eucalipto, bañarse con música, crear pequeños rituales que la conectan consigo misma. “Creo que también estoy en una etapa de repliegue”, me cuenta. “No tan hacia afuera, no tan social ni de fiesta. Siento que necesito este espacio en mi casa”. Está en modo recogimiento, y se nota que lo necesita.
El miedo que Sofía menciona varias veces durante nuestra conversación –el miedo a estar sola en este camino– se transformó. Ahora trabaja en una verisón Delux de su disco que se llamará IDGAF Era (postdata), que describe como “el otro lado de la moneda”. “Es literalmente lo opuesto a lo que fue el álbum”. No adelanta más porque todavía lo está descubriendo. “Me emociona mucho lo que viene y tengo muchas ideas, pero ni siquiera sé todavía cómo se ven. Eso sólo lo descubro cuando me siento en el estudio… o dependiendo de cómo me sienta en uno o dos meses”. La incertidumbre ya no la asusta. Ahora forma parte del proceso.
Antes de despedirnos, le pregunto cómo se siente después de ese año y medio de duelo y transformación. “Ahorita me siento, uff, mucho más ligera”, dice, y se le nota. No es la ligereza de quien evita el peso de las cosas, sino la de quien ya lo cargó y pudo soltarlo. Sofía Reyes está aprendiendo algo que a muchos nos toma décadas: que la coherencia entre quién eres y lo que presentas al mundo no es un lujo, es una necesidad. Que poner límites no es egoísmo, es supervivencia. Que el camino de la autenticidad es, inevitablemente, un camino de guerrero. Porque sostener tu verdad –por incómoda que sea– pesa menos que cargar con las expectativas de todos los demás. ■