La actriz apareció en la 83ª edición de la Mostra con dos enormes esmeraldas rodeadas de diamantes que inmediatamente despertaron una teoría en redes sociales: ¿podrían ser algunas de las piedras que pertenecieron a la familia imperial rusa? La conexión no ha sido confirmada, pero existe un capítulo en la historia de estas gemas que hace que la posibilidad resulte especialmente fascinante.
Las esmeraldas de la Gran Duquesa Vladimir
Para entender el misterio hay que regresar a la Rusia imperial, María Pávlovna, Gran Duquesa Vladimir y esposa del Gran Duque Vladimir Alexandrovich tío del zar Nicolás II, reunió una de las colecciones de joyas más extraordinarias de su tiempo. Tras la Revolución rusa, buena parte de sus joyas consiguió salir del país. A su muerte en 1920, la colección fue dividida entre sus cuatro hijos y las esmeraldas quedaron en manos de su hijo Boris, quien posteriormente vendió parte de ellas a Cartier.
Las piedras comenzaron entonces una segunda vida lejos de la corte rusa. Cartier las desmontó y transformó para adaptarlas a nuevos propietarios, en una época en la que las joyas de la aristocracia europea comenzaban a llegar a manos de algunas de las grandes fortunas estadounidenses.
De los Romanov a Barbara Hutton
Una de ellas fue Barbara Hutton, heredera del imperio Woolworth y una de las socialités más célebres del siglo XX. En 1936 adquirió de Cartier las esmeraldas que habían pertenecido a la Gran Duquesa Vladimir. Antes de llegar a ella, las piedras también habían pasado por la colección de la heredera estadounidense Edith Rockefeller McCormick.
Hutton hizo de aquellas gemas parte de su propia leyenda. Primero las utilizó en diferentes joyas y, en 1947, encargó a Cartier una de sus transformaciones más recordadas: una espectacular pieza de inspiración india que podía utilizarse como collar o tiara. El retrato de Cecil Beaton en el que aparece luciéndola terminaría convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la heredera. Pero ni siquiera una joya con pasado imperial permaneció intacta para siempre.
El momento en el que se pierde el rastro
En 1967, Hutton vendió la pieza a Van Cleef & Arpels. La maison desmontó la creación y reutilizó las esmeraldas en otras joyas, que posteriormente fueron vendidas por separado. A partir de ese momento, seguir el camino de cada una de las piedras se vuelve mucho más complicado.
¿Son realmente las esmeraldas Romanov de Nicola Peltz?
Por ahora, no existe documentación pública que permita afirmar que los pendientes de Nicola contienen alguna de las piedras que pertenecieron a la Gran Duquesa Vladimir. La semejanza y el impresionante tamaño de las gemas han sido suficientes para reavivar la conversación, pero la conexión continúa siendo una teoría.
Lo interesante es que su aparición vuelve a poner bajo los reflectores una de las características más fascinantes de la alta joyería: las piedras sobreviven a quienes las poseen. Se desmontan, cambian de diseño, atraviesan casas reales, maisons y colecciones privadas hasta que, en ocasiones, su procedencia termina convertida en un rompecabezas.
De San Petersburgo a Cartier, de Barbara Hutton a Van Cleef & Arpels y, quizá, hasta una alfombra roja en Venecia. A falta de una confirmación, las esmeraldas de Nicola Peltz conservan el ingrediente que hace irresistible a cualquier gran joya: un poco de misterio.