Historia de JAZMINE HUGHES
Fotografías de ROBIN GALIEGUE
Styling de MALINA JOSEPH GILCHRIST
EN ALGÚN LUGAR de las entrañas del Palms Casino Resort, justo al lado del Strip de Las Vegas, hay un estudio de grabación que ha sido testigo de innumerables éxitos. Michael Jackson grabó aquí temas para la reedición de su emblemático álbum Thriller; Lady Gaga grabó Harlequin, el primer álbum conceptual cautivador vinculado a una película de Hollywood en muchos años. Sin embargo, una tarde de junio está ocurriendo algo aún más extraordinario: Céline Dion está haciendo pilates. Se encuentra de pie con una pierna apoyada en una barra de ballet, vestida con un maillot color carne de cuello alto ribeteado de encaje. La cantante se muestra ágil y elegante, con el pelo recogido en un moño perfecto y las pestañas realzadas por el rímel. Con soltura, desliza la pierna a lo largo de la barra, estirándose hasta alcanzar una amplia apertura.
Esta victoria se ha conseguido con mucho esfuerzo: en 2022, a Dion le diagnosticaron el síndrome de la persona rígida, un trastorno neurológico autoinmune extremadamente raro que puede provocar una rigidez muscular equivalente a la parálisis. En ocasiones, Dion sufría un dolor tan debilitante que apenas podía caminar. Algunos días, tenía que tomar una dosis elevada de Valium simplemente para poder funcionar. «Es una afección progresiva. No me gusta decir “enfermedad”. La palabra “enfermedad” te hace poner esta cara», dice, arrugando la nariz: «“Kevin, eres una auténtica enfermedad”». Aunque tiene el porte de la realeza, Dion tiene la personalidad de un Muppet, y nunca deja pasar mucho tiempo entre soltar un chiste o mover su cuerpo como en el Tetris para adoptar otra postura. (Como el síndrome de la persona rígida puede inmovilizar sus músculos, le gusta mantenerse en movimiento).
En cierto modo, el síndrome de la persona rígida fue un cruel giro del destino. Que Dion, la menor de catorce hermanos de una familia pobre (¡un baño a la semana!) de un pequeño pueblo a las afueras de Montreal, se convirtiera en uno de los cantantes más vendidos de todos los tiempos, un icono para los gais, para todo Canadá (pero especialmente para Quebec), para los amantes de las historias de desamor, para los antillanos y para los aficionados a las bandas sonoras de películas, inspirando un fervor tan intenso que habría puesto celosos a los dioses, parecía una posibilidad entre un millón, un milagro. El hecho de que se crea que el síndrome de la persona rígida solo afecta a una o dos personas por millón demuestra que la suerte puede ir en ambos sentidos.
La sala está equipada con pesas, una cinta de correr y una máquina Reformer, además de la barra de ballet. Me invitan a sentarme junto al piano. Su entrenadora, Naomi, le dice que está ganando flexibilidad, lo que hace que Dion entre ligeramente en pánico: «¿Demasiada flexibilidad?» (Por suerte, no). Dion solo ha actuado una vez en los últimos seis años —en los Juegos Olímpicos de París— y está deseando volver a los escenarios.
No es sólo que actuar haya sido su vida desde que tenía 12 años. Tener que decepcionar a sus fans —cancelando conciertos a última hora sin una explicación clara antes de suspender toda una gira en 2023— la hizo sentirse desquiciada, poco fiable y desorientada. Lo peor es que sentía que les había mentido a sus fans. Llevaba 17 años padeciendo síntomas antes de recibir un diagnóstico oficial en 2022; antes de eso, solía cancelar conciertos alegando una sinusitis o una tos cuando, en realidad, los problemas de salud a los que se enfrentaba eran mucho más graves. En el documental de 2024 I Am: Céline Dion, los espectadores pudieron ver con qué había estado conviviendo: el dolor que le perforaba la voz; las puñadas de benzodiazepinas que necesitaba tomar para pasar el día; un episodio de SPS que la dejó postrada y llorando, incapaz de moverse o comunicarse.
Dion habla de actuar como si fuera su deber terrenal, un pacto entre ella y su talento divino. El hecho de que haya recuperado el control de su cuerpo y de sus capacidades —y haya podido anunciar, como hizo a principios de este año, una residencia de cinco semanas en París, que comenzará a mediados de septiembre— equivale a un milagro.
Cuando termina la clase de Pilates, Dion se sienta conmigo, vestida con un jersey fino con iniciales y unos pantalones de chándal de color rosa empolvado. Cerca de ella hay un humidificador ajustado exactamente a 23 grados centígrados. John, su codirector, le enseña una foto de sus hijos en la final de la Stanley Cup. (¿Le gusta el hockey? «No, quiero a mis hijos. Eso es diferente»).
Ahora que Dion por fin puede volver a actuar, es como si le hubieran devuelto su vida, algo que había perdido. Anunció la noticia en una publicación de Instagram en marzo, calificándola como un regalo que se hacía a sí misma por su 58º cumpleaños: «Este año voy a recibir el mejor regalo de cumpleaños de mi vida. Voy a tener la oportunidad de verlos, de actuar para ustedes». Dijo que se sentía fuerte, emocionada y un poco nerviosa, pero lista para volver. Las entradas se agotaron tan rápido que ya ha empezado a poner a la venta fechas para una residencia de tres semanas en mayo de 2027. «Ha pasado tanto tiempo que me gustaría ofrecerles algo que demuestre lo mucho que los he echado de menos», afirma Dion.
«En lugar de CUESTIONARTE la vida,
¿puedes VIVIRLA? Pues yo estoy VIVIENDO
mi VIDA, chica. Estoy VIVIENDO la VIDA».
Annie Horth, su jefa de vestuario y asesora creativa, promete algo «grandioso», un espectáculo que utilizará amplios trazos arquitectónicos para revelar las múltiples facetas de la diva. «Pasa de ser íntima y romántica a convertirse en una potencia vocal, así que estamos creando algo en lo que ella pueda explorar todo eso», afirma Horth.
Los síntomas de Dion, aún sin diagnosticar, comenzaron a agravarse en 2020, coincidiendo con el inicio de la pandemia. Siguió aislada durante tres años más, en parte porque no quería que sus fans la vieran y dieran por sentado que llevaba una vida plena y feliz, pero que, aun así, seguía cancelando sus compromisos con ellos. Durante ese tiempo, se enamoró de la naturaleza. «Me encantan los árboles, y tenía esta visión de mí misma intentando desaparecer entre las hojas», cuenta. Pero era otoño y las hojas caían, así que todo el mundo podía verla, con sus cestas en la mano. No podía ofrecerles las manzanas por las que siempre acudían a ella. «Intentaba decirles: “Lo siento, ya no tengo manzanas que daros”». Entonces oyó una voz: «Pero no hemos venido por las manzanas; hemos venido por el árbol».
Para Dion, esto es una auténtica revelación. Pero así es como siempre ha sido, sincera y peculiar, de una forma que permite a la gente conectar con sus emociones. Es tan profundamente ella misma que resulta contagioso.
«Soy HONESTA, y NO siempre es BONITO.
A veces hay COSAS ALEGRES, otras veces
son TRISTES, pero a eso se le llama VIDA».
A Dion se la ha criticado por hacer música «cursi» y «sin pretensiones» desde que era adolescente. Desde finales de los 90 hasta la década de los 2000, el nombre de Dion se convirtió en sinónimo de mal gusto y exageración. Pero hay algo en ella —además de su voz— que perdura y la mantiene en el debate cultural. Lo que algunos ven como cursi, otros lo perciben como una sinceridad tan poderosa que es capaz de resistir las cambiantes tendencias de lo que está de moda. Haber nacido en una familia pobre y francófona de Quebec la convirtió en una forastera en su propio país. Y, sin embargo, ha logrado unir a la gente a través de su amor por el amor. Durante años, la música de Dion ha sido un espacio de catarsis, para dar rienda suelta a las emociones sin preocuparse por cómo te vea el resto.
DE NIÑA, en Quebec, Dion soñaba con ser gimnasta después de ver a Nadia Comaneci conseguir puntuaciones perfectas en los Juegos Olímpicos de 1976. «Era el ídolo de todas las chicas de mi edad», exclama con los ojos muy abiertos, tan impresionada como el día en que ocurrió. «¡Ni siquiera tenían espacio en su maldito marcador porque había sacado un 10 perfecto y no sabían cómo escribirlo!» Surgieron otros talentos y, además, se hizo demasiado alta, así que decidió abandonar ese sueño. Pero se fijó tres objetivos, y para ilustrar el primero de ellos se levanta de un salto de la silla: «Quería sentarme recta, y no podía. Básicamente, me sentaba así». Encoge la espalda brevemente y luego vuelve a sentarse en la silla, acomodándose con las piernas cruzadas. Los otros objetivos eran poder tocarse los dedos de los pies y hacer la apertura. Ahora puede hacer las tres cosas.
Todo el cuerpo de Dion es flexible, sobre todo su rostro, que es un instrumento que maneja con casi tanta destreza como su voz. Dependiendo de la emoción, su labio superior se retrae hacia la nariz o se proyecta hacia delante como si intentara tocar a alguien con él. Sus cejas no paran de moverse. Decir que tiende a ponerse a cantar es como decir que «Las Vegas puede ser cálida»: una minimización dramática. Dion canta como puntuación, como intensificador, como transición, como muestra de alegría; durante más de dos horas, canta de todo, desde «That’s Not My Name», el tema electro-pop con palmas de The Ting Tings, hasta «Here Comes the Bride» porque alguien entra en la sala llevando flores blancas, pasando por «True Colors» de Cyndi Lauper porque la honestidad es una virtud, hasta «Ce n’était qu’un rêve», su primer sencillo, que su madre escribió para ella. Por eso, además de ser conocida como una de las mejores cantantes de su generación, también ha dejado huella como reina de los memes, con sus momentos espontáneos que no dejan de circular por Internet. Mientras me cuenta su pasión por trepar a los árboles —«Soy un mono»—, trepa cuatro pies por el andamio de la pared y me tiende el brazo, como Dios hizo con Adán.
Le resultaba incómodo exponer su vida interior en el documental, pero, al fin y al cabo, la razón por la que ha tenido esta vida increíble es precisamente gracias a sus fans. Se merecían respuestas; en muchos sentidos, la única razón por la que ella obtuvo respuestas —un diagnóstico tras casi dos décadas de síntomas— fue que gozaba del estatus que le habían otorgado sus fans. «Pagaron por las entradas», dice. «Compraron mis discos. Me dieron ese lujo. Así que lo menos que puedo hacer es decirles que estoy viva».
Tras su diagnóstico, Dion se sometió a una intensa rehabilitación: nuevos medicamentos, fisioterapia, terapia vocal e inmunoterapia. No existen tratamientos aprobados por la FDA para esta enfermedad, por lo que en 2024 su fundación donó 2 millones de dólares para la investigación de los trastornos neurológicos autoinmunes. Para prepararse para los conciertos de París, Dion realiza sesiones de Pilates de 90 minutos tres veces por semana; los otros dos días, asiste a clases de ballet con una compañía local. Ella describe este periodo como una sucesión de caídas y levantamientos. Está orgullosa de sí misma por haber logrado algo para lo que su cuerpo «no estaba hecho». Y lo mejor de todo es que ha dejado de encerrarse en sí misma y está volviendo a la vida pública. Ahora que se encuentra mejor, vuelve al trabajo, incluso a las partes más pesadas. Pero reconoce que su relación con sus fans es recíproca. «Bueno, chica», dice, hablándome pero dirigiéndose a sí misma, «si no quieres firmar autógrafos, ni arreglarte, ni que te molesten porque se te va a enfriar la pasta, siempre puedes quedarte en casa. Pero mira lo que tienes».
CANTAR ERA uno de los negocios de la familia Dion. Otro era regentar el piano-bar de su padre en Charlemagne (Canadá), a unos 40 minutos de Montreal. Toda la familia se encargaba del local: sus hermanos tocaban el piano, sus hermanas cantaban y su madre preparaba patatas fritas, «pelando las patatas en cubos de agua fría», cuenta Dion, imitando con gestos las rutinas de cada uno. De vez en cuando, a la joven Dion le dejaban cantar una o dos canciones antes de que su madre la mandara de vuelta a casa. Con el tiempo, la gente empezó a llamar al bar para preguntar si la niña cantaría esa noche. «Tenía diez años y estaba en un bar. Me podrían haber detenido», dice. «Pero, ¿sabes qué? Los policías se unieron a nosotros y cantaron con nosotros». Sonríe. «Por aquel entonces no había mucha delincuencia».
Su vida dio un giro cuando conoció al productor musical René Angélil, quien se convirtió en su representante desde que ella tenía 12 años. Empezaron a salir cuando Dion tenía 19 años, y su fastuosa boda de 1994 en la Basílica de Notre-Dame de Montreal —cuando Dion tenía 26 años y Angélil 52— se retransmitió por televisión. Su diferencia de edad de 26 años, como es comprensible, causó cierto revuelo, pero la pareja permaneció felizmente casada hasta que Angélil falleció de cáncer de garganta en 2016.
Dion lanzó su primer sencillo a los 13 años, lo que la convirtió en una celebridad quebequense y la llevó a representar al Canadá francófono en un escenario nacional. Tras ganar Eurovisión para Suiza en 1988, cuando tenía 20 años (dado que el concurso no exige la ciudadanía, los países pueden presentar a participantes que no sean ciudadanos suyos), comenzó a grabar música en inglés y lanzó su primer álbum en este idioma, Unison, en 1990, lo que consolidó su éxito más allá de las fronteras de su país. Sin embargo, siempre ha mantenido su fidelidad a la lengua francesa, y habla con sus tres hijos únicamente en francés, dejando que aprendan inglés y español en el colegio.
Todos sabemos lo que pasó después: los éxitos número uno, los álbumes más vendidos, los Grammy, las giras mundiales. Dion se convirtió en un coloso de la música pop, una diva reconocida a la altura de Aretha Franklin y Whitney Houston, que inspiró a la siguiente generación de cantantes de gran potencia vocal. La cantautora australiana Sia recuerda haber visto de adolescente una de las películas de conciertos de Dion en la que esta evocaba el sonido de todos los instrumentos que la acompañaban en el escenario: «En un momento dado, imitó el solo de bajo, luego el de flauta, después el de guitarra y, por último, el de batería», cuenta Sia. «Ese fue uno de los momentos que me hizo querer ser cantante».
«Mi amor por las baladas es, sin duda, algo que he heredado directamente de ella», afirma Adele. «Ella es muy dramática, y a mí me encanta ser una reina del drama». Una noche, durante la residencia de Adele en Las Vegas, vio a Dion entre el público y se echó a llorar, abandonando el escenario para abrazarla. Que Adele pudiera tener una residencia de este tipo también es parte del legado de Dion: su espectáculo «A New Day…», de 2003 a 2007, redefinió el concepto de residencia musical en Las Vegas. Ya no era el último recurso para estrellas en declive, sino más bien una oportunidad para espectáculos grandiosos que batían récords: «A New Day…» sigue siendo la residencia con mayor recaudación de todos los tiempos.
Si bien la vida de Dion ha estado marcada por momentos de gran euforia, también ha habido momentos de profunda tristeza. En 2016, perdió a uno de sus hermanos y a su marido con solo dos días de diferencia. En 2003, el mismo día en que se enteró de la muerte de su padre, actuó esa misma noche. Para ella, no había mejor manera de procesar sus sentimientos que sumergirse directamente en ellos, arropada por las mismas personas que la habían mantenido a flote durante décadas.
No dejaba de insistir en que encontraba fuerza personal en el escenario y a través de sus fans, así que le pregunto: ¿Qué hay en ti que hace que te quieran tanto? Chasquea la lengua mientras piensa. «Tiene que ser porque soy un libro abierto», dice. Como si fuera una señal, las luces parpadean. Tiene que ser así, explica; si se lo guardara todo para sí misma, no podría ser ella misma. No podría vivir su vida. «Soy sincera, y no siempre es bonito», dice. «A veces son cosas alegres, a veces tristes, pero a eso se le llama vida». Nadie lo sabe mejor que ella. «En lugar de cuestionarte la vida, ¿puedes vivirla? Pues yo estoy viviendo mi vida, chica. Estoy viviendo la vida».