La guía Harper’s Bazaar para visitar Marrakech

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“Te recuerdo. Chica de los ojos verdes. Me compraste una handira”, comenta Abdelhafid Serrakh, un guía de medio tiempo de la ciudad de Marrakech y experto vendedor de alfombras, mientras me sirve un té de menta en un cuarto trasero de su tienda en la medina. Esa handira, una hermosa alfombra bereber de color crema adornada con cientos de monedas tintineantes de metal, ha ocupado orgullosamente un lugar en mi habitación por poco más de una década. Ahora, todos estos años después, estoy de vuelta en la cueva de tesoros ocultos de Abdelaziz en Route Sidi (¿será un accidente? ¿serendipia?), lista para beber más té y negociar para conseguir otra. Ubicada en el cruce entre África, Europa y el Oriente Medio, Marrakech ha seducido caravanas de viajeros en sus zocos laberínticos desde el siglo XI, y su atractivo no muestra señales de declive. De hecho, recientemente fue coronada la Capital de Cultura de África para el 2020 y atrajo las miradas del mundo al ser el escenario de la más reciente pasarela de Dior (un evento proclamado como una celebración del savoir-faire africano), la Ciudad Roja se encuentra lista para presumir las artesanías de sus comerciantes y menestrales como nunca antes. Esta vez viajé por Marrakech con la misión de encontrar una alfombra tejida a mano Beni Ourain (famosa en la región Atlas por su suntuoso volumen y acogedora calidez), y con mi pareja, un optimista arrastrero mercantil a mi lado. Comenzamos nuestro viaje en Riad Louhou, un hotel boutique nuevo de cinco habitaciones situado en una calle calmada en el distrito Kasbah de la ciudad, cerca del antiguo Palais El Badi, donde se llevó a cabo el impactante show de Dior. Con paredes blancas, detalles sencillos, decoraciones minimalistas y tonos neutrales, nos otorga una bienvenida contrastante con la energía frenética de la medina. Tentada por un paseo a pleno atardecer a nuestra llegada, nos dirigimos a Jemaa el-Fna, la plaza central de Marrakech, y en unos cuantos minutos estamos rodeados de ruidosos puestos sobre ruedas (ofreciendo de todo, desde camaleones hasta amonideos fosilizados y jugo de naranja fresco), pilas de especias coloridas y canastas de rafia, encantadores de serpientes y grupos de bailarines girando con tambores en mano. Cuando el llamado para rezos comienza a esparcirse en las calles color salmón, nos retiramos a nuestro hotel, un tranquilo oasis, donde nos deleitamos con un exquisito Tajín de pollo y aceitunas, hecho especialmente para nosotros por el chef, y dormimos profundamente olvidando las alegres ululaciones de una boda que se estaba llevando a cabo cerca de nosotros. El desayuno en Riad Louhou consistía de untuosos pancakes llamados m’smen, cubiertos con amlou, una mantequilla de almendra y miel, servidos en la asoleada terraza con vistas de los puestos y la ocasional cigüeña volando por encima. Nos llenaron de energía para visitar la ciudad y para regatear, actividad para la cual los marroquís son unos expertos de clase mundial. Todo estaba a disposición de un debate, incluyendo, como lo descubrimos en el momento, la tarifa de un pequeño taxi para ir a Le Jardin Majorelle, la antigua casa vacacional de Yves Saint Laurent (quien tomó la dirección artística de Dior en 1957, después de la muerte de Monsieur Dior). Caminamos por los lujosos jardines, recorrimos los museos modernos dedicados a los diseños de Saint Laurent, quedamos cautivados por la primera institución de la capital dedicada a la artesanía bereber y compramos postales coloridas con las ilustraciones “Love” de Saint Laurent de los 70. Después de otro corto viaje en carro negociamos con el dueño de un diminuto puesto de dos metros cuadrados que vendía bandejas de té talladas a mano, y también con uno de los empresarios más jóvenes de Marrakech, Soufiane Zarib, dentro de sus amplios interiores en la tienda sobre Rue Riad Laarous. Zarib proviene de una familia exitosa por sus comercios textiles, así que su curaduría es exquisita (piensa en enormes alfombras aterciopeladas en tonos pasteles, vajillas elegantes y objets d’art acomodados en una mesa digna de Instagram, con lujosas etiquetas de precios). Después de haber regateado por un par de cojines de lana y una alfombra vintage que fue cuidadosamente empacada, lista para cualquier viaje, nos detuvimos en una cafetería. Ordenamos brochetas de vegetales sazonadas con harissa picante, un cuscús esponjoso y jugos ácidos de frutas para dirigirnos a nuestro siguiente hotel en Hivernage, la sección llena de jardines en el sudoeste de Marrakech.

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Oculto en casi 20 acres de campos cuidadosamente podados y arboledas gigantescas, el Es Saadi Palace le da honor a su nombre. Tiene un pasillo impresionante cubierto de mármol, suites elegantes con puertas enormes de madera y muebles con inspiraciones persas, además de contar con uno de los spas más grandes de la ciudad, que tiene tres pisos y se jacta de disponer del único instituto de cuidado para la piel de Dior fuera de París. Aquí, comimos como la realeza con un almuerzo orgánico de langostinos frescos acompañados de ensalada de granada y aguacate en el restaurante Lagon & Jardin, seguido de una sesión relajante en el baño turco. Nuestro apetito retomó alas para más regateos, hicimos una última excursión al mercado, lo que llevó a una feliz reunión con Abdelhafid dentro de su tienda. Terminó presentándome a su primo, Namous Abderrahim, otro aclamado abastecedor de alfombras de la región Atlas. La tienda de Namous, Les Nomades de Marrakech, es una verdadera maravilla, llena con textiles desde el piso hasta el techo que él y su familia pasaron años coleccionando, y a través de las cuales filtran, a veces durante horas, para ayudarte a encontrar la perfecta para ti. Aquí fue donde finalmente encontré mi Beni Ourain: una lujosa alfombra peluda, incrustada con diamantes negros. “A veces es el destino”, me explicó Namous. “En ocasiones no encuentras nada y otras la pieza adecuada te encuentra a ti”. Después de pasar tan poco tiempo en esta mágica ciudad, que le ha regalado al mundo tantas de sus mercancías durante siglos, no dudo ni un segundo en esa frase...

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